Siendo la mayor de cinco hermanos (un hombre y cuatro mujeres), mi madre siempre me utilizó como conejillo de indias. Aún recuerdo cuando entró a mi recámara con cara de asustada (en esos menesteres don Mata jamás le hizo segundo, así que tenía que enfrentarse sola), había llegado el momento de hablar de los cambios que experimentaría, de la menstruación y del tema inevitable SEXO.

Eran otros tiempos y lo que más les preocupaba era que uno como mujer no quedara embarazada, en la actualidad eso es lo de menos; ahora son un sinfín de enfermedades venéreas pero sobre todo el temible Sida; la principal amenaza.

Viniendo de una familia donde los padres con trabajos se hablaban,  llenos de tabúes y prejuicios, a mi mamá lo único que se le ocurrió decirme fue: vas a tener un ligero sangrado cada mes, eso significa que tu cuerpo se irá preparando para el día que decidas  ser madre, pero primero ¡tienes que casarte! con un buen hombre –nunca definió esa palabra-. No te asustes y… ¡tampoco permitas que te utilicen de kleenex y te echen a la basura!

Mmmm! en ese momento no supe a que se refería, pero tuve tiempo de averiguarlo.

Tan , tan, hasta ahí llegamos y las palabras se fueron perfeccionando conforme les tocaba a mis hermanas.

Claro que se estarán preguntando pero ¿por qué los padres no deben tener esa conversación con sus hijos?

¡Paciencia!, a lo que vamos es que antes no se hablaba de anticonceptivos, ni de violaciones y mucho menos de alertarte sobre posibles ABUSADORES de menores.

Es a lo que se enfrentan ahora mis hermanas, a tener que hablar  con sus hijos pequeños de la importancia de no permitir que nadie vea sus cuerpos y mucho menos que los toque un extraño, ¡diantres qué difícil!

Claro que a diferencia de mi madre,  ellas cuentan con el apoyo de sus parejas. Mi hermana y su esposo se sentaron con la misma cara de angustia de hace años de la Primera Dama (así le decía don Mata) ante mi sobrino.  Los dos explicaron a Pablo, de nueve años, que no permitiera que nadie lo tocara ni en la escuela ni en ningún lado.

El pequeño, que por fortuna aún es inocente y muy inteligente, solamente se les quedaba viendo con cara de ¿qué me hablan? y asentía como si de verdad alcanzara a dimensionar lo que podría sufrir de toparse con uno de esos degenerados que gustan de lastimar y, ROBAR infancias.

Desde que dejó de entrar con nosotras al baño de mujeres; el momento se transformó en algo increíblemente angustiante.  Si es muy urgente que vaya seguramente se las verá negras porque antes van una serie de advertencias: no te quedes en los mingitorios; enciérrate  en un baño y no le abras a nadie aunque te digan que me acaba de dar un infarto o que yo dije porque eso no es cierto.  “Debes entrar a lo que vas, lavarte las manos y sí algo ves que no te guste me gritas y entró a cien por hora”.

Los minutos que permanece adentro, son una eternidad, no quiero ni pensar de lo que sería capaz sí alguien se atreviera a hacerles algo a mis sobrinos, seguramente, me convertiría en la protagonista de un capítulo de  MUJERES ASESINAS.

No me interesa decirles cuántos niños son abusados a nivel mundial cada año; ni la suerte que deberían correr sus abusadores.

Solamente, son anécdotas de familia, de lo que vivimos día a día. Seguramente tendrán mucho que contarnos y externar. Es compartir con ustedes experiencias diarias, situaciones, recuerdos familiares.