¡PERDÓNALOS SEÑOR, NO SABEN LO QUE HACEN!…

Cuando cumplí 40 años estaba tan pero tan deprimida que mis amigos (la gran mayoría había pasado ya por ese trance) decidieron hacer una fiesta para celebrar semejante acontecimiento. ¡Perdónalos señor, no saben lo que hacen!…fue mi primer reacción.

No es que me sintiera vieja o acabada ¡no! simplemente que estaba convencida de que había llegado el momento de reinventarme, de buscar una identidad propia, una independencia después de un matrimonio fallido que me obligó a regresar al trabajo después de varios años de ser “orgullosamente mantenida”.

Es verídico, en la actualidad las mujeres de 40 o un poco más están casadas o separadas; divorciadas y vueltas a casar; con parejas estables o no tan estables con la idea de no equivocarse en el segundo intento, que a veces es un modo de acercarse al tercero y al cuarto, ¡ya qué más da, el problema es comenzar, después todo es más fácil!

 Otras, aunque pocas, mantienen una pertinaz soltería y la protegen como ciudad sitiada.

Muy a mi pesar acudí a la fiesta sin estar muy convencida de que podría suceder en ella que me hiciera sentir mejor.

¿Cómo tratar de convencerme de que los 40 son la mejor época de la vida de una mujer, cuando percibes que la gravedad ha ocasionado serios estragos en tu cuerpo y ciertas partes hasta “vida propia” poseen (andan de un lado a otro cuando supuestamente todos venimos juntos) y no tienen la menor intención de reincorporarse y ser parte de un  todo a pesar del ejercicio y las dietas?

Es más, llegar a los 40 se convirtió en una verdadera pesadilla no solo para mí sino también para mi economía. A partir de entonces, hay que pagar gimnasio, dermatólogo  ( ahora no es acné son manchas); nutriólogo (antes mi madre me rogaba que comiera ahora el espejo me dice ¡ya párale recuerda que cinco segundos en la boca son toda una eternidad en el trasero!); estilista, manicurista, podólogo, masajista, inyecciones de ozono, botox, decenas de cremas que sirven para maldita sea la cosa pero que cuestan un dineral, en conclusión, trabajo el doble para poder pagar todo eso. ¿ Y  el loquero para cuándo?; ya mero.

Olvidaba al “socio” el buen ginecólogo que después de que se da una verdadera agasajada todavía tiene la desfachatez de cobrarte mil 200 pesos por la consulta. El que debería de pagar es él, por lo menos que valga la pena la sonrojada. “Nos vemos dentro de seis meses”, te dice y no sabes sí es porque ya le gustó, ¡pero bajarte la lana!,  o porque de verdad lo necesitas. Y muy dentro de ti te preguntas ¿para qué me cuido tanto el “asunto” sí seguramente he vuelto a ser virgen pero ahora por cicatrización?

¡Hay pobrecita murmuran a tus espaldas tus amigas! Pero ya verán, llegará el día en que todo este cuidado valga la pena y entonces ¡agárrense!…

Bueno mi dilema “existencial” era tal que llegó un día que me paré frente a mi guardarropa y dije: “tengo 40 años ahora que estilo de ropa debo usar”. Con faldas cortas van a decir: ¡ órale con la ñora se quedó estancada en sus veinte primaveras!; pero muy dentro de mí me negaba –y no lo hice– a cambiar el estilo; posiblemente solo un poco más conservador, ¡hay que tapar las várices!

Lo que sí está totalmente descartado me dije son esos micro bikinis que usabas sin ningún pudor. Nunca he entendido porque son tan caros si apenas tienen tela. ¡Ah! pero qué tiempos aquellos en los que ponértelos significaban cientos de miradas, las carnes firmes, todo en su lugar.

¡Claro!  ahora se gasta mucho más en la ropa de playa: es el traje de baño completo. ¡Obvio! (nunca blanco porque si hay pescadores cerca podrían confundirme con una beluga y arponearme) para tapar esa enorme cicatriz ocasionada por una histerectomía (nada que ver con la histeria); el pareo que te quitarás rápidamente para zambullirte en la piscina y luego jalarás para salir y evitar miradas compasivas; el sombrero de ala mega ancha para protegerte del sol (si no de nada sirve tanto méndigo tratamiento) y los lentes obscuros estilo Jacky Kennedy; kilos y kilos de bloqueador y olvídate de tumbarte en un camastro por horas porque las bronceadas de hoy serán las viejitas del mañana.

Y no es precisamente que me niegue a envejecer pero, por lo menos que sea con dignidad. Aunque claro, nunca está de más echarle la mano al paso del tiempo que no se va ¡se queda!

Sin embargo, también había muchas cosas que jamás cruzaron por mi mente. Siempre he creído que los hombres mayores prefieren a las veinteañeras, pero mi sorpresa fue mayúscula, cuando muchos de los amigos que estaban ahí presentes (algunos aún casados; otros en su segundo matrimonio –y no con chavitas sino con mujeres de su  edad o unos cuantos años menos– y otro tanto  divorciados) comenzaron a dar sus razones del porqué las mujeres entre los 40 y 50 son mejores.

Una mujer de más de 40, dijeron,  nunca te va a despertar en la mitad de la noche para preguntarte: ¿Qué estás pensando?“  Le interesa un reverendo cacahuate lo que estás pensando. Además de que no necesita hacerte esa clase de cuestionamientos, la edad las convierte en psíquicas y nada puedes esconderles u ocultarles y  ni pensar en tan siquiera  engañarlas, porque en lo que tu andas en tus faenas, ellas agarran sus cosas y dicen: “el que sigue…”

Los fines de semana resultan más que gratificantes: no te la hacen de tos si decides irte con los cuates; siempre tendrán algo que hacer solas o con sus amigas. Si no quieren mirar un partido de futbol,  no da vueltas alrededor tuyo, simplemente,  hacen lo que ellas quieren  y generalmente es algo mucho más interesante. Manejan tan bien las situaciones que cuando te das cuenta estás preparando tú la comida y hasta los trastos lavarás.

Es muy raro que entren en una competencia de gritos contigo o te monten una escena. Están muy por encima de eso; su seguridad es tal que son capaces de presentarte a esa amiga 10 años más joven que saben tiene unos colmillos que rechinan en el piso y no les interesa; para ellas no es competencia, saben que son sexys, elegantes, inteligentes y en la cama suelen ser las amantes más ardientes y tiernas al mismo tiempo.

Son honestas y directamente te dicen que eres un imbécil si es lo que piensan sobre ti, pero siempre con la mejor de sus sonrisas.  Por si fuera poco tienen estilo, hasta cuando nos hacen sufrir, cuando nos engañan o nos dejan.

Como podrán imaginarse, después de aquella noche mi perspectiva cambio, ahora solamente espero el momento de llegar a los 50 para ver qué diablos me dicen. amunguia_65@hotmail.com