EL ESPECTADOR

JORGE GUILLERMO OJEDA PRECIADO

No hay más. Sólo mujer para alegrarnos. Sólo ojos de mujer para reconfortarnos, sólo cuerpos desnudos, territorios en que no se cansa el hombre.

Así describe Jorge Luis Borges en su poema:  “no hay más. Sólo mujer”. Aunque sé que mis dos ínclitos y versados lectores tendrán su propia definición al respecto. Por lo que a éste escribano refiere, pienso que como reza el título de ésta columneja, las mujeres son como los libros, o los libros son como las mujeres.

Así como cada libro tiene su historia nos guste o no, lo mismo pasa con las mujeres, cada una tiene su historia, la única pero gran diferencia es que los libros nos llegan hechos y terminados, y en las mujeres siempre hay páginas en las que podemos escribir o capítulos en los que sin querer o de reparto aparecemos y como todo en la vida, páginas de gloria, de satisfacción, de tristeza, sin faltar a la cita la pasión desordenada, y por supuesto el personaje que nunca falla pero que siempre llega, más tarde que temprano y sin respetar guion alguno ni mediar invitación siquiera: la sempiterna muerte.

Como los libros, las mujeres están repletas de experiencias, nostalgias recurrentes, amores fallidos, pírricas victorias de  bizantinas batallas,  orgasmos inconclusos, amaneceres de esperanza plenos y ocasos de soledad indescriptible que cada día nos acercan más y más y de tanto en tanto a desierto campo santo.  

Como los trenes: mujeres paralelas como las vías del ferrocarril, destinadas a seguir juntas a su pareja pero separados, o trenes que cambian de vía en busca de otro destino, trenes que nunca llegan a la estación o lo que es peor trenes que se descarrilan arrollando todo a su violento paso, como las mujeres de el brindis del bohemio.   ¡Ah los trenes figura que conserva su mítica y ruidosa presencia! Por cierto nada que ver ni con las mujeres ni con los libros,  pero es un gusto que el escribidor por hoy se quiso dar.

Los grandes escritores, dramaturgos y poetas se vieron obsesionados con las letras el ajenjo y la mujer, así pasamos por la mujer del potosino Guillermo Aguirre y Fierro que en una de las estrofas de su brindis del bohemio recita “por los castos amores que hacen un valladar de una ventana y por esas pasiones voluptuosas que el fango del placer llena de rosas y hacen de la mujer la cortesana”.

 O bien nos pondría a reflexionar el asturiano Ramón de Campoamor, con lo que le inspira una boca de mujer “mintiendo sombras del bien en ella el mal se divisa, por lo que juntos se ven ya la apacible sonrisa, ya el enojoso desdén”

Así mis misóginos lectores llegamos a la conclusión inevitable: las mujeres son hijas de la escritura y esta no existiera sin las féminas musas insondables, distantes y cercanas, indiferentes y apasionadas, envidiadas y envidiosas, parafraseando al gran monje agustino Fray Luis de León.

El único ser del universo que se enamora por el oído, capaz de soñar despierta, y despertarnos con sus ronquidos, leones que parecen gatos de angora runruneantes y perezosos, cándidas palomas con garras de gavilán, halcones observadores, en fin adjetivos expresiones y precisiones que no precisan, el todo y la nada esa mis apreciados lectores es mi lectura de la mujer.

Aunque doy por cierto que por este artículo no ganaré el premio nobel de literatura, me siento mejor que con mi socorrido deporte semanal de hablar del prójimo, aunque en este nuestro México lindo y corrupto, siempre hay alguien que se pone dijera mi compadre el filósofo costeño, Felipe de Jesús, conocido en el  mundillo de las letras como “gran baloyan”  de pechito.

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